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La Guerra Civil en Canarias: una retaguardia marcada por la violencia y el silencio
Un análisis de la Guerra Civil en Canarias, el papel del archipiélago en el inicio del golpe de Estado, la represión política, las desapariciones, los centros de detención, la movilización militar y el silencio impuesto durante décadas.

Información de la publicación
Título
La Guerra Civil en Canarias: una retaguardia marcada por la violencia y el silencio
Autora
Rosa Amor del Olmo
Fuente
Isidora Revista
Fecha
17 de julio de 2026
Categorías originales
Historia · Todo Canarias
Canarias y la Guerra Civil
Cuando se habla de la Guerra Civil española, la atención suele dirigirse hacia los grandes frentes peninsulares, los bombardeos, las trincheras y las batallas que decidieron el resultado de la contienda.
Canarias, alejada geográficamente de esos escenarios, puede parecer un territorio secundario. Sin embargo, el archipiélago desempeñó un papel relevante en el inicio del golpe de Estado y sufrió con especial intensidad la represión política que acompañó a la implantación del nuevo poder.
No hubo en las islas un frente de guerra estable ni grandes operaciones militares, pero sí detenciones, fusilamientos, desapariciones, campos de concentración, depuraciones profesionales, reclutamientos forzosos y un profundo clima de miedo.
La Segunda República en Canarias
Durante la Segunda República, Canarias había experimentado una importante movilización social y política.
Las organizaciones obreras, los sindicatos y los partidos republicanos habían ganado presencia en las capitales, los puertos y numerosas localidades rurales.
Las reformas educativas y laborales despertaron grandes expectativas entre unas clases populares afectadas por el desempleo, los bajos salarios, el analfabetismo, la desigualdad y el poder tradicional de propietarios y caciques.
Al mismo tiempo, la crisis económica y la resistencia de los grupos privilegiados intensificaron los conflictos sociales.
Huelgas, protestas y enfrentamientos laborales mostraban que las islas no permanecían al margen de las tensiones que recorrían el conjunto de España.
El golpe de Estado en las islas
Francisco Franco había sido destinado al mando militar de Canarias en febrero de 1936.
Su presencia en el archipiélago convirtió las islas en una pieza importante de la conspiración contra el Gobierno republicano.
El golpe de Estado iniciado en julio triunfó rápidamente en la mayor parte del territorio canario.
Las autoridades elegidas tras las elecciones de febrero fueron destituidas, las instituciones quedaron bajo control militar y numerosos cargos pasaron a manos de personas vinculadas con los grupos conservadores, la burguesía y los grandes propietarios insulares.
Desde las primeras horas se practicaron detenciones destinadas a impedir cualquier respuesta organizada de republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas y sindicalistas.
La resistencia al golpe
El triunfo del golpe no fue completamente pacífico.
En el norte de Gran Canaria se produjeron focos de resistencia obrera, mientras que en Tenerife hubo enfrentamientos en la capital y movimientos de oposición en distintos municipios.
En La Gomera tuvo lugar el llamado Fogueo de Vallehermoso, protagonizado por trabajadores y autoridades que intentaron defender la legalidad republicana.
El caso más singular fue el de La Palma, donde las autoridades civiles, las organizaciones obreras y una parte importante de la población mantuvieron la fidelidad a la República durante la denominada Semana Roja.
Entre el 18 y el 25 de julio, La Palma fue la principal excepción al rápido dominio de los sublevados en el archipiélago.
La llegada de fuerzas militares desde Gran Canaria puso fin a aquella resistencia y abrió un prolongado proceso represivo.
Represión política y social
Una vez asegurado el control militar, la represión adoptó diversas formas.
Muchas personas fueron detenidas por su militancia política o sindical, por haber ocupado cargos públicos durante la República o simplemente por ser consideradas desafectas al nuevo orden.
Algunas pasaron por consejos de guerra sin garantías procesales; otras fueron condenadas a prisión, enviadas a batallones de trabajadores o sometidas a sanciones económicas e incautaciones de bienes.
También se persiguió a docentes, funcionarios, intelectuales y masones, mientras que la depuración profesional permitió expulsar de la vida pública a quienes habían apoyado las reformas republicanas.
Cárceles y centros de detención
Los centros de detención se multiplicaron.
En Tenerife, numerosos presos fueron encerrados en los almacenes de la compañía Fyffes, en el castillo de Paso Alto, en la prisión provincial y en barcos-prisión atracados en el puerto de Santa Cruz.
En Gran Canaria funcionaron, entre otros lugares, la cárcel provincial, el campo de concentración de La Isleta y las instalaciones de Gando.
Esos espacios quedaron asociados al hacinamiento, los interrogatorios, las torturas, el hambre y la incertidumbre sobre el destino de los detenidos.
Entre los episodios más conocidos se encuentran el fusilamiento de diecinueve militantes de la CNT en Tenerife y la ejecución de los llamados Cinco de San Lorenzo en Gran Canaria, entre ellos el alcalde Juan Santana Vega.
Desapariciones y lugares de memoria
Más difícil de cuantificar es el fenómeno de las desapariciones.
La ausencia de documentación, el encubrimiento institucional y el silencio impuesto durante décadas impiden establecer una cifra definitiva.
Las investigaciones han identificado a centenares de personas asesinadas extrajudicialmente, aunque los estudios continúan abiertos.
Algunas fueron sacadas de las cárceles con el pretexto de un traslado y nunca volvieron a aparecer.
El mar, los montes, los barrancos, las simas volcánicas y los pozos fueron utilizados para ocultar los cuerpos.
La Sima de Jinámar, los pozos de Arucas, las costas tinerfeñas y el Pinar de Fuencaliente se convirtieron así en lugares vinculados a una violencia concebida no solo para matar, sino también para borrar las huellas de las víctimas y privar a sus familias del derecho a enterrarlas.
La represión contra las mujeres
Las mujeres también padecieron una represión específica.
Algunas fueron encarceladas por su militancia, por haber participado en organizaciones republicanas o por ser familiares de hombres perseguidos.
Otras sufrieron palizas, humillaciones, amenazas, vigilancia y castigos dirigidos a quebrar su reputación pública.
Además, fueron con frecuencia quienes tuvieron que sostener a las familias después de que sus maridos, padres o hermanos fueran encarcelados, asesinados, enviados al frente o privados de sus empleos.
La violencia política penetró de este modo en la vida privada y prolongó sus efectos mucho más allá de la detención de una persona concreta.
Canarias como retaguardia militar
Canarias se transformó igualmente en una retaguardia al servicio del bando sublevado.
Desde las islas se enviaron hombres, dinero y recursos a los frentes peninsulares.
La Universidad de La Laguna sitúa en torno a sesenta mil el número de jóvenes canarios movilizados para luchar en las filas franquistas.
Muchos fueron reclutados más que movidos por una adhesión ideológica, y sus familias quedaron sometidas a la angustia de la distancia, las noticias incompletas y las bajas.
Otros canarios que se encontraban en la Península, que habían conseguido huir del archipiélago o que fueron canjeados combatieron en el ejército republicano.
Por tanto, aunque el territorio insular quedó pronto bajo una sola autoridad, los canarios participaron en los dos bandos de la contienda.
Vida cotidiana, propaganda y posguerra
La guerra también modificó la vida cotidiana.
La propaganda, la censura, las ceremonias patrióticas y las recaudaciones destinadas al esfuerzo bélico ocuparon el espacio público.
El nuevo poder buscó imponer una visión de la sociedad basada en la obediencia, el nacionalismo español, el catolicismo y la eliminación de las culturas políticas de izquierda.
El final oficial de la guerra, en abril de 1939, no significó el regreso inmediato a la normalidad.
La posguerra canaria estuvo marcada por el racionamiento, el hambre, el mercado negro, el aislamiento económico y la vigilancia política.
La pobreza y el miedo impulsaron posteriormente a miles de personas a emigrar, especialmente hacia Venezuela, en algunos casos mediante embarcaciones clandestinas.
El silencio y la recuperación de la memoria
Durante mucho tiempo, la memoria de estos acontecimientos permaneció reducida al ámbito familiar.
Los vencedores pudieron construir monumentos, celebrar homenajes y presentar su versión de lo sucedido, mientras que las familias de los desaparecidos tuvieron que guardar silencio.
Muchos hijos y nietos crecieron sin conocer el lugar donde habían sido enterrados sus familiares.
La recuperación de testimonios orales, archivos, fotografías y restos arqueológicos ha permitido reconstruir gradualmente una historia que la dictadura trató de borrar.
La legislación canaria de memoria histórica contempla, entre otras medidas, un registro de víctimas, un mapa de fosas, protocolos de exhumación y mecanismos de identificación genética.
Una guerra sin grandes frentes
Afirmar que en Canarias no hubo Guerra Civil porque no se libraron grandes batallas resulta profundamente engañoso.
Las islas fueron una retaguardia controlada desde los primeros días, pero ese control se construyó mediante la fuerza.
Hubo resistencia, persecución, prisiones, ejecuciones, desapariciones y familias condenadas durante décadas al miedo y al silencio.
También en Canarias la guerra dejó una herida que no puede medirse únicamente por el número de combates.
Nota sobre la fuente
El texto fue proporcionado al Museo de Historia, Cultura e Identidad Canaria con la referencia editorial Isidora Revista y la autoría de Rosa Amor del Olmo.
En el material recibido se menciona como referencia a la Universidad de La Laguna, pero no se incluye una bibliografía detallada ni el enlace original de la publicación.


